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Despertar
Por Rufino Giménez Fines 
  • Despertar

    Rufino Giménez Fines

En este XXXII domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 12, versículos del 1 al 13: “El reino de los cielos puede compararse a diez muchachas que en una boda tomaron sendas lámparas de aceite y salieron a recibir al novio. 2 Cinco de aquellas muchachas eran descuidadas, y las otras cinco previsoras. 3 Y sucedió que las descuidadas llevaron sus lámparas, pero olvidaron tomar el aceite necesario. 4 En cambio, las previsoras, junto con las lámparas, llevaron también alcuzas de aceite. 5 Como el novio tardaba en llegar, les entró sueño a todas y se durmieron. 6 Cuando a eso de la medianoche se oyó gritar: “¡Ya viene el novio! ¡Salgan a recibirlo!”, 7 las diez muchachas se despertaron y comenzaron a preparar sus lámparas. 8 Las descuidadas, dirigiéndose a las previsoras, les dijeron: “Nuestras lámparas se están apagando. Dennos un poco de su aceite”. 9 Las previsoras les contestaron: “No podemos, porque entonces tampoco nosotras tendríamos bastante. Mejor es que acudan a quienes lo venden y compren”. 10 Pero mientras estaban comprándolo, llegó el novio, y las que lo tenían todo a punto entraron con él a la fiesta nupcial, y luego la puerta se cerró. 11 Más tarde llegaron las otras muchachas y se pusieron a llamar: “¡Señor, señor, ábrenos!”. 12 Pero él les contestó: “Les aseguro que no sé quiénes son ustedes”. 13 Esten, pues, muy atentos porque no saben ni el día ni la hora”.?
Aquí se nos presenta la parábola de las diez jóvenes que, llevando sus lámparas, salen al encuentro del novio para acompañarlo a la celebración de su boda.
En tiempos de Jesús, participar de aquel cortejo era un honor y una expresión de alegría. Esa imagen es la que Jesús elige para hablarnos del Reino de los Cielos: una fiesta a la que todos estamos invitados.
Cinco de las jóvenes habían llevado aceite suficiente para sus lámparas. Las otras cinco, descuidadas, no previeron lo necesario. El novio tardó en llegar y todas se quedaron dormidas. Cuando finalmente apareció, sólo las primeras estaban preparadas para recibirlo.
Hay aquí un detalle significativo: todas se durmieron, incluso las prudentes. Jesús no nos presenta personas perfectas, incapaces de cansarse o distraerse. La diferencia no estuvo en el sueño, sino en la preparación.
También nosotros podemos atravesar períodos en los que nuestra alma parece dormida, paralizada o estancada. Absorbidos por las preocupaciones cotidianas, corremos el riesgo de descuidar aquello que da sentido profundo a nuestra existencia.
El aceite puede entenderse como símbolo de nuestra fe, alimentada por la gracia de Dios y expresada en el amor, la oración, la misericordia y nuestras decisiones cotidianas. Y cuando las jóvenes descuidadas piden aceite a sus compañeras, estas no pueden compartirlo. No se trata de egoísmo: hay aspectos de nuestra relación con Dios que nadie puede vivir por nosotros. Nadie puede amar en nuestro lugar ni asumir nuestras responsabilidades.
El caracú de este relato es el llamado que Jesús hace a nuestra responsabilidad personal. La fe no es una lámpara que basta con llevar en las manos: necesita aceite para iluminar. Y una vida espiritual descuidada difícilmente pueda improvisarse en el último momento.
La advertencia final de Jesús, «Estén atentos, porque no saben ni el día ni la hora», nos enfrenta con una verdad que solemos olvidar: nuestro tiempo es limitado y, precisamente por eso, valioso.
La puerta que se cierra al final de la parábola nos recuerda que nuestras decisiones tienen consecuencias. Pero no debemos interpretar esta enseñanza únicamente como una amenaza. Dios nos ama y nos quiere iluminados, no atemorizados.
La vigilancia cristiana no consiste en vivir pendientes de un Dios justiciero ni angustiados por nuestras imperfecciones. Consiste en reconocer el regalo de la vida y honrarlo, cultivando nuestra relación con Dios y procurando que nuestros actos respondan a la lógica del amor que Jesús vino a enseñarnos.
Porque el Reino de los Cielos no es solamente una promesa futura: comienza a hacerse presente en nuestra manera de vivir hoy.
Despertar es reconocer que todavía estamos a tiempo. A tiempo de revisar nuestras prioridades, alimentar nuestra fe, crecer espiritualmente y dar a los demás lo mejor de nosotros mismos.
No se trata de no quedarnos dormidos jamás, sino de vivir de tal manera que, cuando llegue el momento de despertar, nuestras lámparas todavía tengan aceite para iluminar.
Y, sobre todo, que no hayamos dejado pasar la oportunidad de amar.
Les envío un abrazo fraterno.