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El tiempo
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LO IMPORTANTE
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista.
  • LO IMPORTANTE

    Rufino Giménez Fines

En este XVII domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 13, versículos del 44 al 52: “El reino de los cielos puede compararse a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra, lo primero que hace es esconderlo de nuevo; luego, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra aquel campo. 45 También puede compararse el reino de los cielos a un comerciante que busca perlas finas. 46 Cuando encuentra una de mucho valor, va a vender todo lo que tiene y la compra. 47 El reino de los cielos puede compararse también a una red lanzada al mar, que se llena de toda clase de peces. 48 Cuando la red está llena, los pescadores la arrastran a la orilla y se sientan a seleccionarlos: ponen los buenos en cestos y desechan los malos. 49 Así sucederá al fin del mundo: los ángeles saldrán a separar a los malos de los buenos. 50 Y arrojarán a los malos al horno encendido donde llorarán y les rechinarán los dientes. 51 [Jesús les preguntó:] — ¿Han entendido todo esto? Ellos contestaron: — Sí. 52 Y él añadió: — Cuando un maestro de la ley se hace discípulo del reino de los cielos, viene a ser como un amo de casa que de sus pertenencias saca cosas nuevas y cosas viejas”. 
 
En este pasaje del Evangelio, Jesús nos presenta dos aspectos que ponen en valor el Reino de los Cielos. Por un lado, con las parábolas del tesoro escondido y de la perla de gran valor, nos muestra qué significa obrar sabiamente: reconocer aquello que realmente vale la pena y estar dispuestos a reorganizar toda la vida para alcanzarlo. No porque alguien nos obligue, sino porque el descubrimiento del Reino llena de alegría. Quien encuentra un tesoro auténtico no vive la renuncia como una pérdida, sino como el paso necesario para quedarse con algo infinitamente mejor.
 
Por si hace falta aclararlo (pero justamente eso es lo que nos ocupa), lo más valioso es el Reino de los Cielos en sentido extenso; es decir, aspirar y vivir por Él, con Él y en Él. Es complejo describirlo y, al mismo tiempo, muy simple: cuando lo experimentamos, lo comprendemos. Y cuanto más lo comprendemos, menos necesidad sentimos de cuestionarlo, porque pasa a convertirse en el criterio desde el cual ordenamos todo lo demás.
 
Si bien Jesús llega con un mensaje profundamente renovador para su época, no desecha el pasado. Al contrario, invita a descubrir cómo lo viejo y lo nuevo pueden convivir fecundamente. Apreciar la riqueza de la tradición recibida y, al mismo tiempo, estar abiertos a los nuevos signos de los tiempos. Pensemos en una vela, una bombilla de filamento y una lámpara LED. Son diferentes entre sí, pero todas cumplen la misma misión: dar luz.
 
La aceptación del Reino de Dios como horizonte del transcurrir humano impone, casi naturalmente, una actitud selectiva. Todos los demás valores encuentran su verdadero lugar cuando quedan iluminados por el Reino: el amor, la solidaridad, la empatía, la misericordia con el otro, que es mi hermano. Por eso las comunidades creyentes necesitan tomarse el pulso permanentemente y preguntarse si aquello que consideran importante sigue teniendo al Reino como medida.
 
Jesús anuncia este Reino a un pueblo que esperaba una liberación concreta e inmediata. Pero su propuesta va mucho más allá de un cambio político o social. Invita a descubrir una libertad que comienza en el corazón y alcanza a toda la comunidad, porque todos somos llamados a reconocernos hijos de un mismo Padre y, por eso mismo, hermanos.
 
La pregunta, entonces, es inevitable. ¿Qué esperamos hoy de Dios para nuestra vida personal, familiar y comunitaria? ¿Qué significa ser cristianos en este tiempo? No hablamos de convertirnos en una copia calcada de Cristo, como una pintura que reproduce exactamente un paisaje. Tampoco de un mimetismo superficial que despersonaliza, ni de una religión entendida como un conjunto de normas que se cumplen por miedo, resignación o costumbre. Mucho menos de una evasión frente a las frustraciones de la vida. Todo eso sería un subdesarrollo religioso.
 
Pensemos, una vez más, en aquel tesoro escondido del que nos habla Jesús. Se trata de descubrirnos como hijos de Dios. Somos y valemos. Desde que nacemos, llevamos en nosotros la semilla de Dios. El Bautismo hace germinar esa realidad y nos introduce en un camino de crecimiento permanente, fortalecido por los sacramentos y por la respuesta libre que cada uno da al llamado del Señor.
 
Por eso podemos decir que imitar a Cristo es, en realidad, vivirlo. Tenerlo dentro de nosotros de manera consciente y comprometida, porque Él ya vive en nosotros y crece en la medida en que le permitimos hacerlo, siendo tierra fértil, con la mente y el corazón abiertos.
 
Y el Evangelio concluye con una imagen que también merece nuestra atención: la red recoge peces buenos y malos, y no somos nosotros quienes hacemos la separación definitiva. Jesús vuelve a recordarnos que el juicio pertenece a Dios. Nuestra tarea no es excluir ni condenar, sino anunciar el Reino y ayudar a que cada persona pueda descubrir ese tesoro por sí misma.
 
Cristo no está solamente en la iglesia, ni únicamente en el rincón del Sagrario. Tampoco hay que emprender un largo viaje para encontrarlo. Cristo está en medio de nosotros y con nosotros. Descubrir el Reino de los Cielos es encontrar ese tesoro que Dios ha escondido en lo profundo de nuestra vida. Hallarlo transforma nuestra manera de mirar, de elegir y de amar. Y esa transformación, lejos de quitarnos algo, nos llena de una alegría que nada ni nadie puede reemplazar.