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Ser tierra fecunda
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista.
  • Ser tierra fecunda

    Rufino Giménez Fines

En este XV domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 13, versículos 1 al 23: “Aquel día salió Jesús de la casa donde se alojaba y fue a sentarse a la orilla del lago. 2 Se reunió tanta gente en torno a él que decidió subir a una barca y sentarse en ella, mientras la gente se quedaba en la orilla. 3 Entonces Jesús comenzó a exponerles muchas cosas por medio de parábolas. Les decía: — Una vez, un sembrador salió a sembrar. 4 Al lanzar la semilla, una parte cayó al borde del camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. 5 Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde había poca tierra; y como la tierra no era profunda, la semilla brotó muy pronto; 6 pero, apenas salió el sol, se quemó y, al no tener raíz, se secó. 7 Otra parte de la semilla cayó entre cardos, y los cardos crecieron y la ahogaron. 8 Otra parte, en fin, cayó en tierra fértil, y dio fruto: unas espigas dieron grano al ciento; otras al sesenta, y otras, al treinta por uno. 9 Quien pueda entender esto, que lo entienda. 10 Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron: — ¿Porqué hablas a la gente por medio de parábolas? 11 Jesús les contestó: — A ustedes, Dios les permite conocer los secretos de su Reino, pero a ellos no se lo permite. 12 Pues al que tiene, se le dará más todavía y tendrá de sobra; pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tenga. 13 Por eso les hablo por medio de parábolas, porque, aunque miran, no ven; y aunque escuchan, no oyen ni entienden. 14 Así que en ellos se cumple lo que dijo el profeta Isaías: Ustedes escucharán, pero no entenderán; mirarán, pero no verán. 15 Porque el corazón de este pueblo está embotado. Son duros de oído y tienen cerrados los ojos, de modo que sus ojos no ven, sus oídos no oyen y su corazón no entiende; y tampoco se convierten para que yo los cure. 16 En cuanto a ustedes, felices sus ojos por lo que ven y sus oídos por lo que oyen. 17 Les aseguro que muchos profetas y muchos justos desearon ver lo que ustedes están viendo y no lo vieron, y oír lo que ustedes están oyendo y no lo oyeron. 18 Escuchen, pues, lo que significa la Parábola del Sembrador: 19 Hay quien oye el mensaje del Reino, pero no le presta atención; llega el maligno y le arranca lo que tenía sembrado en el corazón; es como la semilla que cayó al borde del camino. 20 Hay quien es como la semilla que cayó en terreno pedregoso: oye el mensaje y de momento lo recibe con alegría; 21 pero no tiene raíces y es voluble; así que, cuando le llegan pruebas o persecuciones a causa del propio mensaje, al punto sucumbe. 22 Hay quien es como la semilla que cayó entre cardos: oye el mensaje, pero los problemas de la vida y el apego a las riquezas lo ahogan y no le dejan dar fruto. 23 Pero hay quien es como la semilla que cayó en tierra fértil: oye el mensaje, le presta atención y da fruto al ciento, al sesenta o al treinta por uno”.
 
Pensemos en la lluvia de Dios: así como el agua es fuente de fecundidad, Dios es fuente de vida trascendente y plena, de fecundidad permanente, colma de riquezas a la Tierra. Dios es al mismo tiempo creador, liberador, salvador y en esto consiste su amor. 
 
Cuando la semilla cae al borde del camino, en terreno pedregoso, se traduce en nuestra falta de fe… su efecto es la injusticia, la indiferencia, la incomprensión, la superficialidad, la inconstancia, incluso hasta el odio (manifestación oscura de la conducta humana que naturalizan y hasta justifican con argumentaciones pueriles aquellos quienes se niegan a evolucionar espiritualmente y por tanto no comprenden el verdadero sentido de la vida).
 
El llamado y desafío en esta Parábola del Sembrador es el de elegir ser tierra fecunda. Mirando los frutos de nuestra vida, tanto a nivel personal como comunitario, sabremos qué tipo de tierra somos. Y en este sentido, hay que decir que la Palabra de Dios opera como fertilizante. Cuando nos transformamos en tierra fértil y somos consistentes en el tiempo, nos hacemos colaboradores de la obra creadora y salvadora de Dios, dejando que Él actúe también a través de nuestra vida. Es por eso que siempre debemos conducirnos y actuar con y desde la esperanza, en la certeza de que la semilla crece lenta y ocultamente en la presencia misteriosa y activa de Dios sobre la Tierra.
 
Mientras esa semilla crece, es normal y esperable que nos aborde la impaciencia o la angustia, la sensación de impotencia y soledad… puede parecernos totalmente inútil e ineficaz. Sin embargo, miremos la esperanza paciente del sembrador que confía en su labor y en los tiempos de la naturaleza.
 
El Evangelio de hoy es muy claro, y podemos identificar y caracterizar cuatro situaciones de acogida: las semillas que caen al costado del camino podrían ser los oyentes distraídos, quienes olvidan la Palabra recibida porque su atención está en otra parte.
 
Luego están las que caen sobre las piedras, con una acogida entusiasta y alegre, pero superficial y sin raíces firmes, por lo que el germen no prospera, se extingue mansamente ante la primera adversidad.
 
Las semillas que caen entre arbustos o zarzas hablan de aquellos cuya acogida está condicionada por sus aspiraciones personales y compromisos a corto plazo, circunstancias que no les permiten ver más allá de su coyuntura.
 
Otras semillas caen en tierra fértil. Es la actitud que busca Jesús, llamándonos a confiar y vivir intensamente su Palabra, disfrutándola y dando testimonio. Cuando realmente nos elevamos, no tenemos más remedio que vivir y disfrutar en la lógica del amor, convirtiéndonos naturalmente en instrumentos para sembrar esperanza allí donde estamos.
 
En la Iglesia de Jesús necesitamos seguidores y seguidoras que siembren por donde pasan palabras de esperanza y gestos de compasión. Jesús nos dejó en herencia la Parábola del Sembrador y no la del Cosechador... Esta es la conversión que hemos de promover hoy entre nosotros: ir pasando de la obsesión por "cosechar" a la paciente y gratificante labor de "sembrar".
 
Entonces, vale preguntarnos: ¿qué semillas vamos dejando a nuestro paso? ¿Sembramos verdad o mentira, esperanza o desaliento, reconciliación o enfrentamiento, confianza o desconfianza, vida o indiferencia? Cada palabra, cada gesto y cada decisión van preparando el terreno del mundo que vendrá. Tal vez no alcancemos a ver todos los frutos de lo que hoy sembramos, pero eso no debe inquietarnos. El sembrador del Evangelio no sale a controlar la cosecha: sale a sembrar con generosidad. También nosotros estamos llamados a vivir así, confiando en que Dios, en el silencio y a su tiempo, hará crecer aquello que nosotros apenas hemos comenzado.