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HOY 0:00 La Palabra del Domingo
El significado de la cruz
Por: Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista.
  • El significado de la cruz

    Rufino Giménez Fines

En este XIII domingo del Tiempo Ordinario, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 10, versículos del 37 al 42: “El que quiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que quiera a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. 38 Y el que no esté dispuesto a tomar su cruz para seguirme, tampoco es digno de mí. 39 El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que, por causa de mí, la pierda, ese la salvará. 40 El que los reciba a ustedes, es como si me recibiera a mí, y el que me reciba a mí, es como si recibiera al que me envió. 41 El que reciba a un profeta por tratarse de un profeta, tendrá la recompensa que corresponde a un profeta, y el que reciba a un justo por tratarse de una persona justa, tendrá la recompensa que corresponde a una persona justa. 42 Igualmente el que dé un vaso de agua fresca al más insignificante de mis discípulos precisamente por tratarse de un discípulo mío, les aseguro a ustedes que no quedará sin recompensa”.
 
El caracú del mensaje de este domingo es la cruz como signo del cristiano. Jesús concluye su discurso misionero señalando que seguirlo implica cargar con la propia cruz. No se trata de la cruz como símbolo de fracaso o castigo, sino de la cruz transformada por Cristo en camino de amor, entrega y vida nueva.
 
“Tomar la cruz” significa seguir a Jesús en lo concreto de la vida: amar incluso cuando cuesta, servir sin esperar recompensa, sostener la fidelidad en las decisiones difíciles, y mantenerse firme en el bien aunque eso tenga un costo. 
 
En la vida cotidiana, esa cruz puede ser una enfermedad llevada con paciencia, el cuidado silencioso de un familiar, una situación injusta en el trabajo, el esfuerzo de perdonar, o la coherencia cuando sería más fácil ceder.
 
Por eso, Jesús nos invita a ponerlo en el centro de nuestras vidas. No como quien desplaza a los demás, sino como quien ordena la vida desde el amor verdadero. Desde ahí, las decisiones más importantes encuentran su dirección.
 
Si uno se apoya solo en la lógica material o terrena, fácilmente pierde el rumbo. En cambio, cuando la vida se mira desde el Evangelio, se aprende a discernir lo que realmente da vida.
 
En ese sentido, la cruz tiene distintas dimensiones. Fue escándalo para quienes no podían aceptar que la salvación pasara por la entrega de Jesús; fue incomprensible para muchos, casi una locura; fue misterio que los discípulos sólo entendieron después de la Resurrección; y es también expresión de la sabiduría de Dios, que transforma la debilidad en fuerza y la entrega en vida nueva. 
 
Finalmente, la cruz es camino de gloria, porque no termina en la muerte sino en la Resurrección.
 
El Evangelio termina con una imagen sencilla y luminosa: dar un vaso de agua. Allí se resume mucho de lo cristiano. La fe no se juega solo en grandes gestos, sino también en la capacidad de amar en lo pequeño, de reconocer al otro y de no pasar indiferentes ante quien necesita algo. Porque hoy, Cristo sigue presente en quienes sufren, en quienes esperan, en quienes necesitan un gesto mínimo de humanidad. Tomar la cruz, entonces, no es buscar el dolor, sino amar en serio. Y ese amor, aunque cueste, siempre termina siendo camino de vida.