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Creer o reventar
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista
  • Creer o reventar

    Rufino Giménez Fines

Este domingo 7 de junio se celebra la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo (Corpus Christi), y corresponde la lectura del Evangelio de San Juan, Capítulo 6, versículos del 51 al 59: “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo voy a dar es mi carne, entregada para que el mundo tenga vida. 52 Esto suscitó una fuerte discusión entre los judíos, que se preguntaban: — ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? 53 Jesús les dijo: — Les aseguro que, si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. 55 Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. 57 El Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo gracias a él; así también, el que me coma vivirá gracias a mí. 58 Este es el pan que ha bajado del cielo, y que no es como el que comieron los antepasados y murieron; el que come de este pan vivirá para siempre. 59 Todo esto lo enseñó Jesús en la sinagoga de Cafarnaún”.
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Este pasaje de Juan se sitúa poco después de la multiplicación de los panes, signo que había despertado el entusiasmo de la multitud y alimentado la esperanza de encontrar en Jesús a quien pudiera satisfacer sus necesidades inmediatas.
Jesús está hablando en la sinagoga de Cafarnaúm y aprovecha ese contexto para conducir a sus oyentes desde la búsqueda del alimento material hacia una realidad mucho más profunda. Allí pronuncia unas palabras sorprendentes y desafiantes sobre el Pan de Vida, revelando que Él mismo será el alimento capaz de dar vida eterna.
Estas afirmaciones debieron escandalizar a muchos de los presentes. Lejos de amilanarse, Jesús redobla la apuesta y se presenta con mayor claridad como “el pan bajado del cielo”.
Dar el pan es amar. Y quien asimila el don dado por el Padre tendrá vida en plenitud. “El que come de este pan vivirá para siempre”, afirma Jesús. Por eso, la Eucaristía es un compromiso pleno con la persona de Jesús y su proyecto.
Permanecer en Jesús es la máxima comunión con Él: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él”. La persona de Jesús es el verdadero alimento de Dios para el mundo, fuente de sanación espiritual. Cuando recibimos la Eucaristía, comulgamos con la humanidad de Jesús, una humanidad sin pecado.
Sepamos que Cristo está realmente allí. No estamos ante un simple símbolo ni frente a un mero recuerdo de la Última Cena. La Iglesia siempre ha enseñado la presencia real de Jesús en la Eucaristía, y a lo largo de la historia numerosos milagros eucarísticos han fortalecido esta convicción. Incluso en nuestros días siguen produciéndose hechos que invitan a la reflexión: en 2025 la Santa Sede reconoció oficialmente un fenómeno ocurrido en 2013 en Vilakkannur, India, donde durante una Misa apareció en una hostia consagrada una imagen que muchos identificaron con el rostro de Cristo. Más allá de los signos extraordinarios, todos ellos nos remiten a una misma verdad: Jesús permanece vivo y presente en medio de su pueblo.
Jesús es el nuevo Moisés que nos nutre con el pan de la Eucaristía. Y los gestos eucarísticos aluden a la construcción de una comunidad humana más justa y solidaria, integrada en la gramática del amor y la hermandad. La Eucaristía exige una mayor integración social y una vivencia concreta de la solidaridad. No separemos la vida cotidiana de la Eucaristía: deben ser un solo proceso.
Además de ser testamento del mismo Cristo, la Eucaristía es alimento para todo creyente. En ella convergen Dios y la humanidad, y encontramos la fuerza para ser instrumentos de su amor y permanecer fieles al camino mostrado por Jesús.
Muchas veces nos lamentamos por quienes han decidido finalizar con su vida por mano propia, pero naturalizamos la muerte espiritual de nuestros hermanos. Cuando dejamos de participar en la asamblea dominical; cuando dejamos de apetecer el Pan de la Vida y el Vino de la Salvación que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo; cuando preferimos una vida solitaria e individualista sin más referencia al Evangelio que nuestra propia manera de ver las cosas, corremos el riesgo de alejarnos de la fuente que alimenta nuestra fe.
Cada vez que comulgamos somos llamados a ser heraldos del Evangelio, testigos de su amor y de su poder transformador. Pidamos entonces al Señor que sea la vida de nuestra vida, la sangre que corra por nuestras venas, el horizonte hacia donde discurre nuestra existencia. 
Yo, particularmente, pido que nosotros, los sacerdotes, celebremos la Eucaristía con la misma intensidad y emoción que la de nuestra primera Misa; que no seamos meros funcionarios y sepamos transmitir, celebrar y vivir todo el misterio que rodea a este sacramento. En definitiva, que sepamos repartir a manos llenas el Pan de la Vida que es Jesús.
Aquí no hablamos solamente de creer, sino de abrir el corazón a una presencia que transforma la vida. Cristo está vivo, nos ama y, si se lo permitimos, nos acompañará todos los días de nuestra existencia. Como dice el dicho popular: “creer o reventar”.