El teléfono fijo sonó a media mañana.
Marta estaba en la cocina, con la radio baja y el agua en la pava a punto de hervir. Tardó en atender. No por distracción, sino por esa costumbre vieja de dejar sonar un timbrazo más, como si así pudiera adivinar quién estaba del otro lado.
—¿Hola?
—Mamá… ¿no sabés la que se mandó ahora tu hijo?
La voz era la de su nuera. La llamaba mamá desde el primer día. Nunca le dijo suegra. Marta cerró los ojos un segundo antes de responder. Apoyó la mano libre sobre la mesa, como buscando equilibrio.
—¿Qué hizo esta vez?
Mientras escuchaba la respiración contenida del otro lado, la memoria se le fue sola, como siempre a cuando le decía pichón, cuando era chico. El menor de tres hermanos. El mimado. El que todavía volvía del colegio con olor a tiza y abrazos apurados.
Después vino la adolescencia, y más tarde esa seguridad exagerada que no sabía de dónde había salido.
“Yo no voy a depender de un jefe, decía. Voy a ser empresario”.
El padre lo escuchaba en silencio. Ella asentía, sin entender del todo, pero creyendo igual.
Cuando terminó la escuela, un préstamo chiquito que le dio su padre. Para arrancar. La idea de la empresa de mantenimiento funcionó… o pareció funcionar. Marta veía que el dinero del préstamo no volvía, pero el entusiasmo de su hijo, le era suficiente.
Mas adelante vino el local de ropa. Por último, el boliche en el pueblo vecino. Cada intento más grande, cada caída más ruidosa y siempre con dinero ajeno, de algún familiar desprevenido. Hasta el día que se quedó sin poder pagar el alquiler y volvió a sentarse en esa misma cocina, con la cabeza gacha, a pedir la ayuda de su Madre. Que para ese entonces, ya era viuda.
—Mamá —volvió la voz—, ¿te acordás que él siempre decía que el jardín estaba hecho un desastre?
Marta miró por la ventana y vio en su mente ahora la casa chica, que había sido propiedad de su madre, la abuela de Pichón y se la prestó hasta que pudiera volver a pagar un alquiler. Recorrió el jardín, bordeado por las macetas viejas de cemento alineadas como soldados cansados, que ella misma las había acomodado años atrás, antes de que su hijo y su nuera se mudaran ahí.
—Sí…Respondió la anciana mujer
—Bueno… hoy como él tenía franco y Yo tenía una reunión. Le dije que, si tanto le molestaba, que limpiara un poco.
Marta se llevó la taza vacía a los labios. No tomó nada.
—Cuando volví —siguió la nuera— estaba todo impecable. El pasto cortado, la galería ordenada… Me alegré. Pensé que, viste, capaz… estaba cambiando.
Marta sintió ese pequeño alivio traicionero. El que dura poco.
—¿Y?
—Me contó que pasó un señor con un nene, en un carro. Que se ofreció a hacer el trabajo. Barato.
Marta apoyó la taza. Con cuidado. Demasiado cuidado.
—Y??… —repitió, casi en un susurro.
Del otro lado hubo un silencio largo. Un silencio torpe.
—Se llevó las cosas viejas del patio —dijo la nuera—. Y las macetas.
Marta miró sus manos arrugadas, apoyadas sobre la mesa. Pensó en la noche que, a escondidas, había metido los ahorros de su vida en esas latas y escondido dentro de las viejas macetas de cemento. Pero como su Pichón, no había mostrado nunca, la habilidad de manejar dinero y había despilfarrado mas de lo que había generado. Tomó la decisión de contarlo solo a su hija política. Que además de amor y lealtad a su hijo, era la persona adecuada para usar ese dinero en caso de llegar a necesitarlo.
—¿Las macetas? —preguntó, aunque ya sabía.
—Sí… —la voz se quebró—. Le pregunté por qué se las había llevado?. Y tú hijo me dijo que como el hombre le cobró barato… se las regaló. Total eran uno cacharros viejos.
El silbido de la pava llenó la cocina. Marta no la apagó enseguida. Dejó que hirviera de más.
—No sabés ni el nombre del hombre, ¿no? —dijo finalmente.
—No.
Marta asintió sola. Como si alguien pudiera verla.
Colgó despacio. Muy despacio.
Después apagó la hornalla.
Se quedó un rato largo sentada, mirando la nada.
Al rato, sonrió. Apenas.
Con esa sonrisa que tienen las madres cuando ya entendieron que los hijos son de la vida. Y que hagan lo que hagan, igualmente los van a seguir queriendo.