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Gramática del amor
Por Rufino Giménez Fines.
  • Gramática del amor

    Rufino Giménez Fines

En este XXVIII domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A, corresponde la lectura del Evangelio según San Mateo, Capítulo 22, versículos del 1 al 14: “Jesús, tomando la palabra, les volvió a hablar en parábolas diciendo: 2 — El reino de los cielos puede compararse a un rey que iba a celebrar la boda de su hijo. 3 Envió a sus criados a llamar a los invitados a la boda, pero estos no quisieron acudir. 4 Volvió a enviarles más criados, con este encargo: “Díganles a los invitados que ya tengo preparado el banquete. He hecho matar mis terneros y reses cebadas y está todo a punto. Que vengan a la boda”. 5 Pero los invitados no quisieron hacer caso, sino que cada cual se fue a su propia hacienda o sus negocios. 6 Hasta hubo algunos que, echando mano de los criados, los golpearon y los asesinaron. 7 El rey entonces, montando en cólera, mandó a sus soldados que mataran a aquellos asesinos y quemaran su ciudad. 8 Después dijo a los criados: “La boda está preparada, pero aquellos invitados no eran dignos de venir. 9 Por tanto, vayan a las encrucijadas de los caminos e inviten a la boda a todos los que encuentren”. 10 Salieron los criados a los caminos y reunieron a cuantos encontraron, lo mismo malos que buenos. De esa manera, la sala de bodas se llenó de comensales. 11 Cuando el rey entró a ver a los invitados, observó que uno de ellos no llevaba traje de boda 12 y le preguntó: “Amigo, ¿cómo entraste aquí sin traje de boda?”. Él se negó a contestar. 13 Entonces el rey dijo a los criados: “Átendlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a la oscuridad. Allí llorará y le rechinarán los dientes”. 14 Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos”.
Al igual que en el Evangelio del domingo anterior, cuando reflexionamos sobre la parábola de los viñadores, Jesús se encuentra en el Templo de Jerusalén, en un contexto de creciente confrontación con las autoridades religiosas de su tiempo. Sus palabras no son casuales ni inocentes: mediante una nueva parábola, cuestiona profundamente la manera en que algunos de aquellos dirigentes comprenden su relación con Dios.
La imagen elegida es la de un rey que prepara el banquete de bodas de su hijo. No se trata de una celebración cualquiera. En el mundo de Jesús, las bodas representaban uno de los acontecimientos más importantes y felices de la vida comunitaria. Y esa es precisamente la imagen que utiliza para hablar del Reino de los Cielos: una fiesta extraordinaria, una invitación a participar de la alegría, la comunión y la plenitud que Dios desea para la humanidad.
Sin embargo, la historia comienza con una paradoja: quienes habían sido invitados en primer lugar rechazan la invitación. Algunos permanecen indiferentes, ocupados en sus campos y negocios; otros llegan incluso a maltratar y asesinar a los mensajeros. La parábola describe también la severa reacción del rey, introduciendo una dimensión de juicio que recuerda que rechazar el llamado de Dios no es una decisión sin consecuencias.
Pero el banquete no se suspende. El rey envía nuevamente a sus servidores, esta vez a los cruces de los caminos, para invitar a todos los que encuentren. Y el Evangelio señala un detalle extraordinario: llegan buenos y malos, sin distinción.
Jesús cuestiona aquí una concepción de la elección divina entendida como privilegio exclusivo o garantía de salvación. En el horizonte de la Antigua Alianza, Israel se reconocía como el pueblo elegido por Dios. Pero con Jesús, esa invitación adquiere una dimensión explícitamente universal: el Reino se abre a todos los pueblos, sin distinciones de origen, condición o pertenencia religiosa. Ya no alcanza con considerarse parte de los primeros invitados; lo verdaderamente decisivo es cómo respondemos al llamado de Dios.
La invitación de Dios desborda las fronteras que los seres humanos solemos establecer. No reconoce nuestras categorías de prestigio, nuestros criterios de pertenencia ni las jerarquías con las que frecuentemente pretendemos determinar quién merece y quién no merece ser recibido.
El Reino no es propiedad de unos pocos privilegiados. Y mucho menos un reconocimiento reservado a quienes se consideran moral o religiosamente superiores a los demás. Esta afirmación nos enfrenta con una cuestión esencial de nuestra fe: la salvación no es una conquista humana, sino una iniciativa amorosa de Dios.
No somos salvados simplemente por ser “buenos”, por acumular méritos, por conocer profundamente la doctrina o por frecuentar diariamente el templo. Tampoco por poseer una teología que consideramos insuperable.
El conocimiento, la práctica religiosa y las buenas obras tienen un valor fundamental cuando expresan una fe auténtica. Pero ninguno de ellos puede convertirse en una moneda con la cual pretendamos comprar la salvación.
Porque la relación con Dios no responde a la lógica de una transacción comercial, sino a la lógica de la gracia.
Dios no “vende” su amor. Lo ofrece gratuitamente.
Y precisamente porque ese amor es un regalo, nuestra respuesta no puede reducirse a una formalidad exterior o al cumplimiento mecánico de determinadas obligaciones religiosas.
Es aquí donde la parábola adquiere una profundidad todavía mayor.
Cuando el salón ya está lleno, el rey descubre a un invitado que no lleva el traje de bodas. Aunque había aceptado la invitación, algo esencial falta en su manera de participar de la fiesta.
La imagen es profundamente simbólica. El traje representa la disposición interior de quien recibe la gracia de Dios y permite que esa gracia transforme su existencia.
No basta, entonces, con haber escuchado el llamado. Tampoco alcanza con haber ingresado al banquete. Es necesario aceptar las consecuencias de esa invitación y permitir que nuestra vida sea transformada por ella.
Desde nuestra experiencia cristiana, podemos relacionar esta imagen con la gracia recibida en el bautismo: un don que no está destinado a permanecer como un simple recuerdo o una pertenencia formal, sino a desplegarse a lo largo de toda nuestra existencia.
La gracia no es una recompensa por nuestras buenas obras; es el regalo que hace posible una vida renovada, de la cual esas obras deben ser expresión.
Aquí aparece la tensión fundamental de la parábola: Dios invita a todos, pero aceptar esa invitación implica asumir una responsabilidad.
 
La universalidad del llamado no significa indiferencia frente a nuestra manera de vivir. La gratuidad de la salvación no convierte nuestras decisiones en irrelevantes.
Y la misericordia divina no elimina la necesidad de conversión. El invitado sin traje de bodas representa, de algún modo, la contradicción de quien pretende participar del Reino sin permitir que sus valores transformen su corazón.
Por eso, las imágenes finales de la parábola —las ataduras, la expulsión y las tinieblas— constituyen una advertencia severa sobre las consecuencias de rechazar esa transformación. Nos recuerdan que podemos recibir una invitación extraordinaria y, sin embargo, cerrarnos a aquello que le da verdadero sentido.
En este punto, las palabras de Jesús dejan de estar dirigidas exclusivamente a las autoridades religiosas de Jerusalén y comienzan a interpelarnos directamente.
Porque también nosotros corremos el riesgo de confundir la pertenencia religiosa con la fidelidad al Evangelio; de creer que nuestras convicciones son suficientes, aunque no se traduzcan en gestos concretos de misericordia; o de preocuparnos más por preservar las formas que por comprender y vivir el sentido profundo de nuestra fe.
Podemos conocer las Escrituras y permanecer indiferentes ante el sufrimiento ajeno. Podemos participar del culto y, al mismo tiempo, negarnos a reconocer la dignidad de quienes piensan, viven o creen de manera diferente. Podemos proclamar el amor de Dios sin permitir que ese amor transforme nuestras relaciones cotidianas.
Y es precisamente allí donde la parábola nos obliga a revisar la autenticidad de nuestra respuesta.
No estamos llamados a constituir una comunidad cerrada de supuestos elegidos, sino a reconocernos como destinatarios de una invitación que también alcanza a muchos otros. Una invitación que nos compromete a salir al encuentro, abrir caminos y colaborar con la construcción de un Reino que comienza a manifestarse allí donde prevalecen la justicia, la fraternidad, la compasión y el amor.
En definitiva, Jesús nos recuerda que la fe no puede reducirse a una identidad declarada ni a una pertenencia institucional. Es, ante todo, una relación viva con Dios que debe transformar nuestra manera de estar en el mundo.
Podremos alcanzar numerosas metas durante nuestro tránsito terrenal. Podremos conquistar reconocimiento, conocimientos, seguridades y bienes materiales. Pero difícilmente encontremos la plenitud interior si todo aquello que hemos recibido y aprendido no se traduce en una vida verdaderamente abierta al amor.
Porque el banquete está preparado. La invitación ha sido extendida. Y cada uno de nosotros ha sido llamado. La pregunta decisiva ya no es solamente si hemos aceptado la invitación, sino si estamos dispuestos a vivir de acuerdo con ella.
Porque no alcanza con escuchar el llamado de Dios: necesitamos abrir el corazón, dejarnos transformar por su gracia y aprender a transitar este mundo desde esa maravillosa y exigente gramática del amor que Jesús nos ha revelado.