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Caminar sobre el agua
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista.
  • Caminar sobre el agua

    Rufino Giménez Fines

En este XIX Domingo del Tiempo Ordinario (Ciclo A) corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo Capítulo 14, versículos 22 al 33: “A continuación Jesús hizo que sus discípulos subieran a la barca para que llegaran antes que él a la otra orilla del lago, mientras él despedía a la gente. 23 Después de despedirla, subió al monte para orar a solas. Y todavía seguía allí él solo al llegar la noche. 24 Entre tanto, la barca ya estaba muy lejos de tierra y las olas la azotaban con violencia, pues el viento les era contrario. 25 En las últimas horas de la noche, Jesús se dirigió a ellos andando sobre el lago. 26 Cuando los discípulos lo vieron caminar sobre el lago, se asustaron creyendo que era un fantasma y llenos de miedo se pusieron a gritar. 27 Pero en seguida Jesús se dirigió a ellos diciendo: — Tranquilícense, soy yo. No tengan miedo. 28 Pedro contestó: — Señor, si eres tú, manda que yo vaya hasta ti caminando sobre el agua. 29 Jesús le dijo: — Ven. Pedro saltó de la barca y echó a andar sobre el agua para ir hacia Jesús. 30 Pero al sentir la violencia del viento, se asustó y, como vio que comenzaba a hundirse, gritó: — ¡Señor, sálvame! 31 Jesús, tendiéndole en seguida la mano, lo sujetó y le dijo: — ¡Qué débil es tu fe! ¿Por qué has dudado? 32 Luego subieron a la barca y el viento cesó. 33 Y los que estaban a bordo se postraron ante Jesús, exclamando: — ¡Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios!”. 
Jesús viene de predicar a una multitud y multiplicar los panes, y no deja de sorprender a sus discípulos: ahora, camina sobre el agua en medio de la noche. “Tranquilícense, soy yo. No tengan miedo”, les dice.
Y nosotros, ¿de qué tenemos miedo? ¿Qué sucede con nuestra fe cuando Jesús está presente y, sin embargo, seguimos sintiendo miedo?
Parece que no tenemos seguridad ni certeza. Todo se ha vuelto oscuro, dudoso, relativo. También la fe cristiana es sometida a toda clase de sospechas y acusaciones. Se habla del cristianismo como de una religión terminal, de un mito ingenuo llamado a extinguirse. Se ridiculizan sus milagros, sus devociones, sus tradiciones. Y, sin embargo, aquí estamos.
 
“Es un fantasma”, gritaron los discípulos aterrados al ver a Jesús en medio de la tempestad. No lo reconocieron. Tuvieron miedo. Pero Jesús los llamó a la calma y Pedro hizo una petición inaudita para corroborar que era realmente el Maestro quien les hablaba.
Así vivimos muchas veces los creyentes en momentos de crisis y oscuridad: sabemos que Cristo está vivo y que ha resucitado para nuestra salvación, pero hay momentos en que esa certeza parece tambalearse. La fe no nos vuelve inmunes al miedo. Nos enseña, más bien, hacia dónde mirar cuando aparece.
Por eso, pensando en este pasaje del Evangelio, les digo: caminemos sobre el agua. Caminemos sobre el agua de la vida, sostenidos por la fe en Jesucristo y en su palabra.
Pedro comenzó a andar y, cuando sintió la fuerza del viento, se acobardó y comenzó a hundirse. ¿Cuántas veces nos hemos hundido cuando una adversidad comenzó a soplar demasiado fuerte? ¿Cuántas veces nos paralizó el miedo y nos entregamos a la desesperanza porque, en el fondo, nos creímos solos?
Pedro no dejó de creer. Simplemente dejó de mirar a Jesús y comenzó a mirar el viento. ¿No nos pasa lo mismo?
Antes de hundirse del todo, Pedro le gritó: “¡Señor, sálvame!”. Muchas veces la fe también es un grito desesperado, pero pro-fun-da-men-te creyente. Porque quien grita “Señor, sálvame” todavía sabe a quién acudir.
Entonces Jesús extiende su mano y lo sostiene. 
También nosotros podemos percibir a Cristo como una mano tendida que sostiene nuestra fe cuando nuestras fuerzas ya no alcanzan. Y mientras lo rescata, Jesús le dice: “¡Qué débil es tu fe! ¿Por qué has dudado?”.
La tormenta, sacudiendo la barca lejos de la costa, nos habla también de la soledad de los discípulos. Jesús llega hasta ellos y muestra su preocupación por su comunidad: los tranquiliza frente a la adversidad y los invita a seguir adelante.
Porque la fe no significa que desaparezca la tormenta. Significa aprender a caminar en medio de ella sin dejar de mirar a Jesús.
Y tampoco se trata de tener un Dios de bolsillo, un comodín que invocamos a voluntad solamente cuando estamos en problemas para salir del paso. La fe no consiste en pedirle a Dios que nos evite todas las tormentas. Consiste en confiar en que no estamos solos mientras las atravesamos.
Dios no está lejos de nosotros. También habita en nuestro interior, en lo que pensamos, sentimos y hacemos, pero no se confunde con nosotros. Para reconocerlo necesitamos humildad y sencillez. Dios nos habla también en medio de aquello que nos asusta. A veces no cambia la tormenta: cambia nuestra manera de atravesarla.
La fe siempre va acompañada de amor, comprensión, espera, confianza y servicio al otro. Es que vinimos a aprender, a crecer y a iluminarnos mientras transitamos esta experiencia terrena.
Y quizá no sea casual que, en medio de tantas incertidumbres, esta semana se haya confirmado la visita de León XIV a nuestro continente. En noviembre, el Papa visitará Uruguay, Argentina y Perú. Celebremos su llegada y preparémonos para escuchar atentamente su mensaje.