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22:16 3J: NI UNA MENOS
Después de escuchar tantas historias, el silencio no es una opción
Cada 3 de junio me encuentro frente a una pregunta: desde qué lugar hablar.
  • Después de escuchar tantas historias, el silencio no es una opción

    Julio Zapata. Imagen generada con IA.

Soy un hombre. Un hombre gay que ha transitado discriminaciones y violencias por su orientación sexual. Pero un hombre al fin. Y en una fecha como Ni Una Menos, donde las protagonistas son las mujeres que enfrentan cotidianamente la violencia machista, esa condición no es un dato menor.
Durante años trabajé en políticas públicas vinculadas a los derechos humanos, género y diversidad. Tuve la responsabilidad de coordinar equipos interdisciplinarios y acompañar el funcionamiento de un Hogar de Protección Integral para mujeres en situación de violencia. También coordiné talleres con perspectiva de género en una cárcel de hombres. Entre las historias de quienes sobrevivían a la violencia y los relatos de quienes habían sido formados bajo mandatos machistas profundamente arraigados, entendí que el problema es mucho más complejo y estructural de lo que muchas veces se quiere admitir.

Aprendí escuchando.

Escuchando a mujeres que llegaban con miedo. A mujeres que habían escapado con lo puesto. A mujeres que durante años habían sido golpeadas, amenazadas, perseguidas o silenciadas.

Aprendí que ningún femicidio empieza con un asesinato. Empieza mucho antes. Empieza con el control, con los celos naturalizados, con la manipulación, con la violencia psicológica y económica, con instituciones que muchas veces llegan tarde o directamente no llegan.

Por eso me resulta imposible escuchar discursos que intentan minimizar la violencia de género o presentar las políticas públicas como privilegios innecesarios. Hablo desde la experiencia. Vi lo que ocurre cuando existe acompañamiento estatal. Pero también vi lo que sucede cuando el Estado se retira.

Porque el Estado no es una discusión abstracta. El Estado es el refugio disponible o inexistente. Es el equipo profesional que acompaña o la oficina vacía. Es la medida de protección que llega a tiempo o el expediente que duerme mientras una mujer corre peligro.

Hoy asistimos a un preocupante retroceso en materia de políticas de género. Programas que desaparecen, áreas que pierden recursos, organismos que se eliminan y discursos oficiales que desacreditan luchas históricas. Mientras tanto, los femicidios continúan.

La realidad tiene nombres.
Y uno de los más recientes es el de Agostina Vega, una adolescente de apenas 14 años cuya muerte volvió a conmover a la sociedad. Su nombre se suma a una lista que nunca debió existir. Una lista que sigue creciendo mientras algunos prefieren discutir la existencia del problema en lugar de enfrentar sus causas: fue un femicidio.

Cuando desde los movimientos feministas se denuncia un Estado ausente o cómplice, no se trata de una consigna vacía. Es la denuncia de instituciones que muchas veces fallan en la prevención, en la asistencia y en la protección. Es el señalamiento de una sociedad que todavía sigue responsabilizando a las víctimas más de lo que cuestiona a los violentos.

No escribo estas líneas para hablar en nombre de las mujeres. Escribo porque durante años me tocó escuchar relatos que difícilmente puedan olvidarse: historias de terror, de pérdidas, de silencios forzados, de huidas desesperadas y de reconstrucciones dolorosas. Y porque después de escuchar tantas de esas historias, permanecer en silencio ya no es una opción.

Este 3 de junio necesitamos volver a llenar las calles. Necesitamos las voces, las pancartas, los abrazos colectivos y las expresiones que hicieron de Ni Una Menos uno de los movimientos sociales más importantes de nuestra historia reciente.
Porque las estadísticas no son números.

Porque las víctimas tienen nombre, historia, familia y sueños.

Porque todavía hay mujeres que no regresan a sus casas.

Porque todavía hay niñas a las que les arrebatan el futuro.

Y porque mientras siga faltando una sola, el silencio no es una opción.