En este VII Domingo de Pascua, corresponde la lectura del Evangelio de San Mateo, Capítulo 28, versículos 16 al 20: "Los once discípulos fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. 17 Allí encontraron a Jesús y le adoraron, aunque algunos todavía dudaban. 18 Jesús se acercó y les dijo: 'Dios me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. 19 Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, 20 y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Sepan que yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo'".
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Esta lectura corresponde a los momentos previos a la Ascensión del Señor, cuando los 11 discípulos recibieron el mandato de difundir el Evangelio que habían recibido de Jesús en Galilea: la tierra donde predicó el amor, la paz, la fraternidad y la misericordia entre los hombres, sin importar su origen ni condición.
A pesar de la resurrección, algunos de sus seguidores todavía tenían dudas. ¿Por qué? La experiencia del Resucitado era algo tan inmenso y desconcertante a la vez, que les costaba comprenderlo plenamente… Dicho en criollo: demasiado bueno para ser verdad. Pero lo es.
Hoy, dos siglos después, es normal que también tengamos dudas. Comprendamos que Jesús es quien nos envía, y su voluntad no está condicionada por nuestro estado de ánimo o circunstancias. Reconocer nuestras debilidades nos invita a estar alerta y a fortalecernos espiritualmente a través de la oración, el estudio de la Palabra de Dios y la participación en los sacramentos. Así estaremos preparados para resistir y superar cualquier distracción.
Todos hemos sido enviados como consecuencia de nuestro Bautismo: "Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones". Nadie está excluido de este anuncio y, como portadores del mensaje, no debemos poner obstáculos a esta tarea que el Señor nos ha encomendado: "enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado".
Nuestra fe es un tesoro que no debe quedarse encerrado en nosotros mismos, sino que debemos compartirla generosamente y con valentía, guiados por el amor y la misericordia de Dios, invocando siempre al Espíritu Santo. Dicho de otro modo: Nuestra fe se fortalece y crece en comunidad, multiplicándola.
Todos estamos llamados a llevar el Evangelio a los demás, no sólo con palabras, sino también con nuestras acciones y nuestra manera de vivir. Y si esta misión nos asusta o pensamos que no somos capaces, debemos seguir escuchando las palabras de Jesús: “yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
La Ascensión de Jesús significa su partida de esta existencia visible hacia el Padre, pero no debemos olvidar que se queda con nosotros de manera viva y transformadora a través de la Eucaristía. Jesús nos asegura que estará con nosotros todos los días hasta el fin del mundo: es nuestro compañero, guía y fortaleza. Su presencia nos sostiene en los momentos de alegría y nos consuela en los tiempos de dificultad.
Aunque te vas, Señor, te quedas presente en el Evangelio. Aunque te vas, Señor, vives en lo que amamos. Aunque te vas, Señor, hablas a través de aquellos que dan testimonio de ti. Estás en nosotros en la Eucaristía, te haces audible en la oración, te dejas adorar en el Sagrario, te dejas abrazar en el prójimo, te dejas ver en el que sufre y te haces visible en el amor. Vendrás con un nuevo soplo de Espíritu y enviarás la fuerza de tu presencia.
Te vas, Señor, pero nos darás el aliento y caminarás en los pies de tus enviados. Tu nombre será conocido en toda la creación y vivirás entre aquellos que guardan tus mandamientos. Tu Iglesia es un signo de esperanza. Te vas, Señor, pero tu partida nos hace madurar. Tu Ascensión nos revela el destino al que estamos llamados. Tu vida está en el cielo, plenitud y felicidad, la garantía de todo lo que nos espera cuando vivimos como tú lo hiciste. Te vas, Señor, pero te quedas por, con y en nosotros.