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Amor que no se guarda nada
Por Rufino Giménez Fines – Sacerdote Rogacionista
  • Amor que no se guarda nada

    Rufino Giménez Fines

En este V domingo de Pascua, corresponde la lectura del evangelio según San Juan, Capítulo 13, versículos de 31 al 35. “Apenas salió Judas, dijo Jesús: — Ahora va a manifestarse la gloria del Hijo del hombre, y Dios va a ser glorificado en él. 32 Y si Dios va a ser glorificado en él, Dios, a su vez, glorificará al Hijo del hombre. Y va a hacerlo muy pronto. 33 Hijos míos, ya no estaré con ustedes por mucho tiempo. Me buscarán, pero les digo lo mismo que ya dije a los judíos: a donde yo voy ustedes no pueden venir. 34 Les doy un mandamiento nuevo: Ámense unos a otros; como yo los he amado, así también ámense los unos a los otros. 35 El amor mutuo entre ustedes será el distintivo por el que todo el mundo los reconocerá como discípulos míos”. 
 
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Estamos en la última cena, escenario donde el evangelio de San Juan abre el gran discurso de despedida y comienza a interpretar la Pasión de Jesús como glorificación: es decir, no como un fracaso, sino como el momento en que el amor de Dios se muestra en plenitud. Él viene de Dios y vuelve a Dios. Por eso, hablar de glorificación de Jesús es hablar de la vida nueva que se inaugura en Él como vencedor del pecado y de la muerte: una vida que no queda atrapada en el egoísmo, el miedo o la desesperanza.
 
Como explicara más explícitamente Pablo de Tarso en sus cartas, la Pascua para el cristiano es participar de esa vida nueva: morir al “hombre viejo” para vivir como hombre nuevo (hombre, en términos de humanidad, claro está). Es decir, dejar atrás formas de vivir centradas en uno mismo, en el rencor o en la indiferencia, para empezar a vivir desde el amor. Con la fe y el bautismo, entramos en una nueva condición: somos en Cristo una humanidad renovada, llamada a expresarse en un compromiso concreto, que es amarnos los unos a los otros.
 
Y es que en este mandamiento “nuevo” está el corazón del Evangelio. Es nuevo, no porque antes no existiera el amor, sino porque a partir de Jesús tiene medida, tiene forma concreta: “como yo los he amado”. Es decir, hablamos de un amor que se entrega, que se dona, un amor que no especula ni se guarda nada. Un amor que sabe perdonar, que sabe ponerse en el lugar del otro y volver a empezar.
 
Ese amor es el signo distintivo del discípulo. No es un discurso, es una forma de vida. Tenemos que escuchar, recibir, anunciar y practicar este mandamiento. No alcanza con entenderlo: hay que encarnarlo en lo cotidiano, en casa, en el trabajo, en los vínculos concretos. 
 
Y eso mismo es lo que hicieron Pablo de Tarso y Bernabé, como se nos cuenta en el libro Hechos de los Apóstoles: abrir caminos, mostrar con hechos que Dios ha abierto la puerta de la fe a todos. La comunidad se reconoce por el amor, y desde ahí nace la misión.
 
La “vida nueva” no es algo para después de la muerte. Es aquí y ahora: en cómo miramos, en cómo hablamos, en cómo tratamos a los demás. Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, y nos invita a participar de su vida. Nos toca abrirnos a ese don, vivirlo y anunciarlo. Él camina con nosotros y nos capacita para amar como Él ama, si es que se lo permitimos. Hagamos visible, entonces, su presencia en nuestras vidas.
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El caracú del tema es claro: un mandamiento nuevo para un mundo nuevo, regido por la lógica y gramática del amor. Somos libres, pero para hacer libres a los demás, no para someterlos. El diálogo nos hace hermanos cuando sirve para acercarnos y no para imponernos, cuando escuchamos de verdad y no solo esperamos nuestro turno para hablar.
 
Compartir es amor cuando se da sin cálculo, sin esperar nada a cambio. Pero no se trata solo de bienestar o equilibrio personal: es participación en la vida misma de Cristo, que se traduce en gestos concretos, a veces pequeños, pero reales. Esa alegría que nace de un corazón habitado por Dios es contagiosa, y genera esperanza. No elimina las dificultades, pero cambia la manera de atravesarlas.
 
El amor es siempre nuevo cuando no se mide, cuando no especula, cuando rompe esquemas, cuando no juzga desde la apariencia. Es nuevo cuando es transparente y se nutre de su fuente, que es Dios. Como el agua que, por donde pasa, genera y renueva vida: a veces sin ruido, pero dejando huella.
 
Ahí es donde el Evangelio nos pide dar el salto trascendente: no quedarnos en la reacción inmediata, sino elegir mirar con misericordia, abrirnos, y dejar que el amor haga su obra, incluso cuando cuesta. El resto, tarde o temprano, vendrá por añadidura… Es que no alcanza con proclamar el Evangelio, se trata de vivirlo en profundidad y compartirlo: con Él, por Él y en Él. Ese es el camino que conduce a la verdadera trascendencia. ????